Toronto

CRONICAS DE CIUDAD –
¡Le cae un rayo… y como si nada!

La historia de cómo Juan Pablo Pereyra salió ileso después de un ‘corrientazo celestial’ en Toronto.

FREDDY VELEZ

Que le caiga a uno un rayo es muy mala suerte.  Que no le pase nada, es definitivamente tanta fortuna y tanto azar como ganarse la lotería. Y de eso da increíble testimonio en Toronto Juan Pablo Pereyra.

 

Este argentino hace una semana sufrió una descarga eléctrica que normalmente no deja a las víctimas con posibilidad de contar la historia.

 

“Enseñanza… ummm , seguro, que hay que apreciar más la vida’ dice con tono filosófico y con una sonrisa, cuando le pregunto sobre lo que le dejó ésta muy inusual  experiencia –una de la que él mismo no logra explicar cómo salió ileso.

Hay que estar de extrema y muy mala suerte para que tal evento le toque a un humano, pues la posibilidad de ser impactado por un rayo es de 1 en 2.3 millones. Y si sucede, esta otra cifra: estas descargas electrostáticas pueden generar descargas de 10 a 100 millones de voltios y en promedio tienen una longitud de 1.5 kilómetros. Unas diez mil personas mueren anualmente en el mundo por un accidente de esta naturaleza.

La historia

 

Pereyra, de 46 años, trabaja en Toronto para una compañía de manejo de desechos industriales y saliendo de su turno el pasado martes 1 de agosto, a eso de las cuatro de la tarde, estaba desenganchando un tráiler de su camioneta.

 

Eso sucedió, recuerda él, en el área de la Highway 27 y Rexdale, cuando el cielo gris, casi negro, prometía lluvia por raudales.

 

De repente, recuerda Juan Pablo, una intensa luz blanca llena el espacio y lo encandila, prácticamente lo cega; de inmediato un estruendo lo estremece y bajo sus pies percibe que la tierra vibra con fuerza intensa.

 

Instintivamente, algo aturdido, corre a buscar refugio bajo techo y al entrar alguien le hace notar algo que él mismo no había notado: olía a carne quemada.

 

Entonces se revisa y nota que uno de los guantes de goma que portaba estaba quemado a la altura de los nudillos de su mano izquierda.

 

“Era como si alguien hubiese apagado cigarros en esos puntos de mi mano izquierda”, dice. -Las lesiones a manera de quemadura en su mano son en dos de los nudillos –relativamente profundas – y unas más pequeñas en sus dedos.

 

Y luego siente que algo arde en su cintura al lado derecho. Le revisan y tanto su camisa como el chaleco reflectivo de protección estaban quemados. Como diecisiete puntos de quemadura marcaron el lugar por donde salió el rayo aquel. ¿Y el trailer? Luego se dieron cuenta que tenía una llanta reventada.

 

Plenamente consciente, incluso sintiéndose ‘con mucha energía”, decide pedir que le lleven a un hospital para que le atiendan sus quemaduras y le hagan un chequeo general.

 

Los facultativos, también las enfermeras en el Hospital William Hosler, de Toronto, no salían de su asombro.

 

“Los médicos venían a verme uno tras otro como si fuese un extraterrestre o un animal exótico y me hacían mil preguntas”.

 

Los exámenes, múltiples, de todo tipo, dieron resultados más sorprendentes, muy positivos para este argentino que vive en Brampton y que hizo de Canadá su país desde hace 22 años.

 

“Una semana después…todo bien, nada por fuera de lo normal. Corazón, pulmones, hígado, riñón…”, dice casi con orgullo de quien ha logrado una proeza.

 

El especula y dice que a lo mejor le salvaron varias coincidencias. Primero que el relámpago aterrizó en la parte metálica del tráiler, no sobre él; llevar esos guantes de goma le protegió un tanto en el contacto; el hecho de tener su espalda recostada sobre el tráiler; quizás el haber tenido las botas de seguridad –que tienen un aislamiento de caucho bastante grueso en la suela. Otra cosa, aún no se desparramaba el aguacero y el suelo no estaba húmedo.

“Ah y que no era mi día”, admite mientras vuelve a dejar escapar una nerviosa carcajada.

Le tuvieron dos días en observación, le recomendaron dos semanas de reposo, pero Juan Pablo dice que él está perfecto –incluso emocionalmente.

En casos similares, cuando la descarga no es menor, los pacientes sufren desde quemaduras internas graves que llevan a fallas renales y cardíacas, hasta embolias y derrames cerebrales.

 

En medio de lo que pudo ser una tragedia fatal hay ahora mucho humor. “Lo curioso es que cada que le cuento por teléfono a mis amigos lo que me pasó se echan a reír y no me creen”, revela quien no para de recuperar en su memoria detalles de lo sucedido.

Su madre, Susana Ventura, que pasó horas de mucha angustia al saber del accidente, dice que Juan Pablo debería cambiarse el apellido y adoptar el de Franklin –el inventor del pararrayos. Y cuando este reportero sugiere nominarlo como súper héroe vuelve a sonreír y dice ser “simplemente un tipo muy afortunado”, uno que lo es ciertamente, aunque no se haya ganado la lotería aún.

 

*Editor de Correo Canadiense. Periodista colombo-canadiense radicado en Toronto.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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