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COLUMNISTA INVITADO / Muros y puertas: la
diferencia entre EEE.UU. y China

 

OAKLAND ROSS*

Oakland Ross

En este mundo complejo, hay muros y puertas. En otras palabras, hay pasado y futuro.
En el evangelio según el presidente estadounidense Donald Trump, la repuesta a su “problema” latinoamericano es un muro — o, en otras palabras, un volver al pasado.
“Build that wall!” es su consigna inevitable, cada vez que mira su frontera del sur. “¡Construyan ese muro!”
El costo previsto es tremendo: alrededor de $12 mil millones de dólares sino es mucho más, un precio que supuestamente pagará México mismo — según Trump, por lo menos.
Cómo alguien ya ha observado, la construcción de un muro entre estos dos países representa una repuesta del tercer siglo a un fenómeno del siglo 21. O como la ex-directora de seguridad estadounidense, Janet Napolitano, dijo una vez: “Muéstrame un muro de 50 pies de altura, y yo te mostraré una escalera de 51 pies.”
El muro de Trump representa una barrera no solamente entre su país y México, o entre su país y América Central, sino también una entre su país y América Latina entera.
Según unos sondeos hechos por el reconocido Centro de Investigaciones Pew, el respeto público hacía los Estados Unidos se ha caído dramáticamente durante los primeros meses de la presidencia Trump en México, Chile, Brasil, Peru, y Colombia.
Pero la respuesta de Trump sigue siendo la misma: “¡Construyan ese muro!”
Ese muro (todavía más fantasmagórico que concreto) ahora representa además de una barrera física también un símbolo de lo que está pasando en el mundo entero o al menos en el hemisferio occidental, donde Estados Unidos está cada vez más aislado y más distante de sus vecinos latinos. Mientras tanto, China representa lo contrario cada vez más.
Cabe repetir unas palabras del presidente chino Xi Jinping durante su viaje a la región en 2016: “China no cerrará la puerta al mundo exterior, al contrario, la abrirá aún más.”
Es interesante notar su elección de palabras — “puerta” en lugar de “muro” — pero no son solamente palabras. Son hechos. El involucramiento chino en América Latina está creciendo mientras la presencia de Washington está bajando. En 2015, la inversión china en América Latina llegó a $29 mil millones más que la inversión total del Banco Mundial y el Banco Inter-Americano de Desarrollo. El Presidente Xi ha prometido incrementar la inversión de país en América Latina hasta un total de $250-mil-millones en 2019.
¿Y Washington? Bajo el liderazgo de Trump, el gobierno americano ha reducido su influencia y representación diplomática en Cuba; ha olvidado sus advertencias de imponer sanciones fuertes contra el gobierno cada vez más tiránico de Nicolás Maduro en Venezuela (probablemente una cosa positiva al fin de cuentas); ha ignorado la elección sospechosa de Juan Orlando Hernández en Honduras; ha abandonado el Pacto Trans-pacífico, un intento de evitar la creciente influencia de China con una alianza comercial de 12 países, incluyendo México, Chile, y Perú; y ahora ha decidido cancelar una protección jurídica que ha permitido alrededor de 200,000 salvadoreños a vivir legalmente en los Estados Unidos desde 2001, cuando dos terremotos afectaron su país.
Esta última decisión ha enfurecido a los oponentes de Trump por su crueldad y su falta de razón. La mayoría de la gente afectada está empleada, paga sus impuestos y está ya bien integrada en la vida norteamericana. De hecho, son estadounidenses. Pero una actitud anti-migrante es ya un factor ampliamente reconocido en la política estadunidense, en particular hacía el mundo latino.
“El problema no es más una cuestión de negligencia,” escribieron dos conocidos analistas políticas en la muy notable revista Foreign Affairs. “Es cuestión de malicia, repuestas políticas ‘ad hoc,’ y evidente falta de interés.”
En otras palabras, estamos hablando de un vacío, cosa que la naturaleza aborrece — un fenómeno bien conocido por los científicos.
Y por los dirigentes chinos también.

*Galardonado periodista y escritor canadiense. Especial para Correo Canadiense.

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