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Washington y La Habana:
Ahora volveremos al pasado

OAKLAND ROSS*

Oakland Ross

Ahora volveremos al pasado.

Durante más que 50 años, líderes políticos en Washington y La Habana quedaron atrapados en lo que era quizás la relación bilateral más disfuncional del mundo, una relación que no producía nada para beneficiar los 11.4 millones cubanos, mientras incitaba a incontables cubanos a arriesgar sus vidas intentando fugas para cruzar los Estrechos de Florida en barcos que con frecuencia se hundían. Nunca conoceremos el costo en vidas inocentes.

Mientras tanto, numeroso empresarios y hombres de negocios interesado en el comercio o la inversión en Cuba — iniciativas que pudieron haber beneficiado al pueblo cubano — han sido obligados por su propio gobierno a quedarse en los banquillos cuando empresas de Canadá o México o España han firmado acuerdos en su lugar.

Para Fidel Castro (y ahora para su hermano Raúl), este punto muerto ha sido una bendición política en realidad. Siempre, cuando algo malo pasaba en Cuba — un brote de dengue, otra cosecha desastrosa de azúcar, una tormenta tropical — el hombre con la famosa barba sabía exactamente a quién culpar. Fidel subía de nuevo a una gran tarima, con su cabeza temblando, sus manos cortando el aire tropical, y denunciaba el embargo norteamericano que siempre mal identificó como un bloqueo. “¡Fue el bloqueo!”, gritó.  Era el bloqueo — y no las insuficiencias de su propio quijotesco y opresivo sistema de gobierno — el culpable de cualquier cosa que salía mal en Cuba.

Es posible argumentar que seguramente la hostilidad reflexiva de Washington hacia todas las cosas castristas ha sido desde hace mucho tiempo uno de los principales factores para mantener a los dos hermanos en el poder, mientras una larga sucesión de presidentes estadounidenses ha salido de la Casa Blanca sin avanzar ningún centímetro más en sacar a los Castro de sus sillas en el Comité Central del Partido Comunista de Cuba.

Teníamos que esperar hasta que un político americano progresista y liberal llegaran a la presidencia — un hombre llamado Barack Obama — para que una negociaciones serias se empezaran entre los vecinos enemigos, con el propósito de reemplazar 50 años de insultos inútiles (e intentos de asesinato) por una política de compromiso cauteloso que quizás produjera algo que tuviera sentido en el siglo 21.

Y así resultó. Se renovaron relaciones diplomáticas, y se lanzaron muchas iniciativas con el propósito de mejorar el comercio, el turismo y  la cooperación entre los dos países, con la esperanza — por lo menos del lado norteamericano — que eventualmente los dinosauros octogenarios en el poder en La Habana relajarían su agarre.

Y ahora viene Donald Trump, que ha decidido destruir la nueva orden. El viernes pasado, declaró que va a cancelar las reformas de Obama referentes a Cuba.

De hecho, fue una exageración. Los dos países mantendrán enlaces diplomáticos, por ejemplo, y ciertas medidas (las que relacionadas con cruceros o tráfico aéreo) seguirán en efecto.

Pero de todos modos: ¡qué lio!

Muy lejos de “ganar,” la decisión de Trump hace volver los dos países a un pasado desastroso y una política fallada que no produjo nada beneficioso al gobierno estadunidense o al pueblo cubano. ¿Porque los resultados serían diferentes ahora?

Una vez, alguien — posiblemente Albert Einstein — definió la locura como el hacer la misma cosa una y otra vez en la expectativa de tener resultados diferentes.

Según esta definición Donald Trump debe ser un orate, lo que no estaría tan mal si fuese él quien pagara el precio por su locura. Desafortunadamente — y no por primera vez — el precio será pagado por otros.

 

*Periodista y escritor canadiense, ganador de premios de periodismo y literarios, radicado en Toronto.

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