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COLUMNISTA INVITADA / CASO OMAR KHADR:
La pregunta es: ¿qué sociedad queremos?

 

MONICA PERCIVALE*

 

No existe peor mentira que la verdad dicha a medias. En la saga de Omar Khadr la realidad se ha dicho en medias verdades. Con la intención nunca dormida del beneficio político, desde el flamante líder del partido conservador hasta altas figuras militares hemos leído y escuchado agravios de todo tipo, hacia el propio Khadr y hacia el gobierno que finalmente levantó la cuenta y la saldó.

Todos sabemos que Khadr fue capturado a los quince años en un enfrentamiento en el que perdió la vida un soldado americano y otro resultó seriamente herido. Quizás no todos recordemos que Khadr permaneció inconsciente durante una semana inmediatamente después de su captura y fue torturado, vivió aislado y con amenazas constantes, que hicieron de su encarcelamiento un verdadero calvario. Luego de 10 años de los hechos, las Naciones Unidas intervinieron y solicitaron su repatriación, argumentando que cualquier menor asociado a un grupo armado es una víctima de dicho grupo y merece protección.

La Suprema Corte de Canada falló tres veces a favor de Khadr, y finalmente en 2010 concluyó “sin lugar a reclamo o equivocación” que las autoridades canadienses habían violado los derechos humanos de Omar Khadr, y que el tratamiento recibido había atentado contra los estándares canadienses más básicos respecto a los derechos de los detenidos menores. No había posibilidad alguna de ganar la demanda civil que Khadr antepuso contra el estado, la única duda era por cuánto se podía llegar a cerrar el caso.

El hecho de que muchos de nosotros nos sintamos molestos por la reparación monetaria otorgada a un hombre cuya vida ha estado marcada por el abuso y el abandono, habla mal de nuestra solidaridad y conciencia social. Abusado primero por sus padres que lo llevaron con tan solo ocho años a comenzar su entrenamiento en Afganistán; luego por los militares estadounidenses que en lugar de tratarlo como una víctima, lo torturaron y sometieron a un juicio injusto, y finalmente Canadá, que bajo dos gobiernos liberales (Jean Chretien y Paul Martin) y luego el de Stephen Harper – Partido Conservador-, lo abandonaron en el infierno ilegal de Guantánamo.

La cifra de 10.5 millones de dólares es mínima frente a las secuelas con las que Omar Khadr vivirá el resto de su vida. Y la disculpa no le devolverá la inocencia que le robaron.

Sin dudas existió terrorismo en esta historia. El que ejercieron los Estados Unidos que han reescrito las reglas de la guerra para que sus muertos resulten víctimas y sus crímenes permanezcan impunes.

La guerra es un negocio, todos lo sabemos, a veces el del petróleo, el de las tierras, el del poder y la ambición, o el fanatismo religioso, pero siempre inequívocamente el del beneficio económico de las compañías de mercenarios entrenados para capturar y torturar victimas como Omar Khadr.

Las preguntas que resta contestarnos tienen que ver con quiénes somos y qué valoramos como sociedad. ¿Defendemos solamente a aquellos que comulgan con nuestras ideas? ¿Abandonamos a los niños que cometen errores? ¿Tendríamos todas estas quejas si Khadr fuera blanco? Y la más importante: ¿cómo se puede ser un terrorista por lanzar una granada en medio de una guerra?

*Periodista y trabajadora social uruguaya residente en Toronto.

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