CRÓNICA DE CIUDAD| Nervios, vértigo, acrofobia… y goce al borde de la ‘CN Tower’

 

MARCELA ZAMUDIO*

 

Antes de llegar a Toronto, investigué lugares  atractivos y actividades en las que me quería embarcar y el Edge Walk o caminata al borde de la Torre CN me atrajo a su panorámica aventura.

 

La Torre Nacional de Canadá o CN Tower es la más alta de América -553 metros) y es un ícono de la ciudad. Esta macro-antena se construyó para mejorar las señales de comunicación en la ciudad  y abrió en 1976.

Los visitantes pueden acceder a cuatro lugares: El primero, un mirador con vidrios del piso y hasta el techo, para admirar la ciudad y el Lago Ontario. El segundo, un piso de vidrio, un imponente enfrentamiento con la altura y lo que hay abajo; también están disponibles las reservaciones para el Restaurante 360; y finalmente, el más extremo de sus rincones: El EdgeWalk, espacio para una caminata por fuera de la Torre, con las manos libres, a una altura de 356 metros.

 

Con mi compinche Luis -también mexicano- agendamos la cita para la caminata por los 150 metros de circunferencia que tiene la Torre. ¡¿Quién dijo miedo?!, ¡ah!

 

 

No hablan español, pero las instrucciones son sencillas y sumamente visuales.

 

Era un domingo y nuestro recorrido iniciaba a las 11: 00 am en punto. Firmamos un contrato en donde confirmamos estar en buenas condiciones de salud y donde nos responsabilizábamos de cualquier cosa que nos pudiera pasar. Susto, ¡el primero!

 

Todo estaba por pasar.

 

Nos dieron la bienvenida, nos acercamos a la puerta y comenzó el pase de lista. Éramos ocho personas, íbamos en parejas. Dos parejas de esposos, una de madre e hija y Luis y yo.

 

Desde que entramos, los chistes por parte de los guías, como si quisieran relajarnos; de entrada respondimos que estábamos listos y para comprobar que llegamos sobrios pasamos la prueba del alcoholímetro.

 

Nos revisaron de cabeza a pies, había que dejar en tierra todas nuestras pertenencias y cualquier objeto que pudiera ser peligroso para los transeúntes o para nosotros mismos. Confirmaron que nuestros tenis no  fueran resbalosos -en tal caso, prestan unos.

 

Nos vestimos con overoles rojos, nos ensamblaron a un arnés primero de las piernas y después de los brazos, ya sujetados a los tirantes de seguridad nos revisaron una, dos, tres personas diferentes, quienes confirmaron que no se nos salían los zapatos y que tampoco era fácil escapar del traje que ya portábamos.

 

Luego de sentirnos apretaditos dentro de nuestros trajes y muy seguros de que ningún amarre estuviera flojo, llegó el instructor del recorrido, quien continuó con los chistes sobre la altura, memorizó nuestros nombres y luego nos pidió que posáramos para la primer foto del viaje.

 

De ahí al elevador en una lluvia de aplausos y alboroto, como dándonos ánimos antes de la batalla. Tuvimos que subir los 116 pisos mientras sonreíamos nerviosamente.

 

Salimos del elevador y nos acomodamos en fila; nos preguntaron a Luis y a mi si  estábamos cómodos con ir adelante y al ver la cara de él, algo dudoso, nos corrieron dos lugares atrás, -ya no seríamos los que empezaríamos la travesía.

 

Ultimas explicaciones, nos aseguraron a un riel de seguridad del que pendíamos y finalmente… ¡nos encontramos con la más grande postal en 360° de Toronto! Inalcanzable para nuestros ojos, pero disfrutable en armonía y diversidad: Logramos observar los rascacielos, Casa Loma, el lago en su inmensidad, las islas y el aeropuerto Billy Bishop, principalmente.

 

Al principio caminar no era fácil pues teníamos de frente ventiscas que nos dificultaban avanzar, sin contar que nos golpeaba el aire en la cara. Conforme fuimos caminando nos amoldamos al frío que se sentía en la cima -cuatro grados menos que en el primer piso.

 

“¡Buenos días Toronto!”, gritó nuestro líder y seguidamente se dejó caer sobre su arnés, reposando los talones en la orilla de la estructura que nos soportaba… Después del primer ejemplo nos tocaba a nosotros la misma hazaña. Aunque ninguno de los ocho participantes gritó, la impresión de estar en la orilla y de frente al paisaje nos dejó mudos, sin querer movernos mucho por aquello de perder el equilibrio. Superada la prueba número uno.

 

La segunda acrobacia sería recargarnos de espalda al vacío, primero uno por uno, luego todos juntos para lograr una toma grupal, con nuestras manos en el aire.

 

La tercera acrobacia: ponernos nuevamente de frente, pero esta vez con una pose tipo “Súper Man” o “Mujer Maravilla”. Continuamos recorriendo la circunferencia mientras que el dirigente nos señalaba algunos lugares, como el edificio del Banco de Montreal -de la misma altura que la Torre Eiffel.

 

Ya casi para terminar de dar la vuelta, nos posicionamos para las últimas fotografías en pareja y solos -las entregan al final del trayecto. La única foto que pediría a los encargados de esta área, sería una panorámica de ese momento en el que subes, es la única que a mi parecer nos faltó, pues con el pago de entrada al Edge Walk tienes derecho al video de recuerdo, al certificado de haber vivido la experiencia y de formar parte del Récord Guiness a la caminata registrada al aire libre y a mayor altura sobre un edificio.

 

Definitivamente volvería a subir, para volver a apreciar esas imágenes, pero  lo haría de noche para ver la ciudad encendida, buscaría que fuera en julio o junio para evitar el frío y volvería a sentirme dichosa y segura de presenciar a Toronto desde arriba. La altura más extrema que he experimentado es de 480 metros (127 metros menos que la Torre CN) en una de las siete tirolesas en las Barrancas del Cobre en Creel, Chihuahua. Al final, no fue un reto de miedo, más bien fue una bella y divertida aventura.

 

*Periodista mexicana, radicada en Toronto.

 

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