COLUMNISTA INVITADO| El monseñor, ahora santo Romero, que yo conocí

Elías Morales.

REVERENDO ELIAS MORALES*

 

Un obispo sencillo de El Salvador ahora ocupa ahora un lugar prominente en el corazón de la Iglesia Universal Católica.

 

Sin que suene arrogante permítanme compartir con todos ustedes un poco de lo que fue mi experiencia de trabajo con el entonces Monseñor Arnulfo Romero -además amigo cercano.

 

La mayoría de salvadoreños conoció al padre Romero como un sacerdote sencillo, humilde, con una entrega completa a Cristo y un gran amor por la Virgen María. Fue un predicador fluido y de clara palabra, su entrega al trabajo pastoral lo convirtió en un sacerdote respetado y amado por sus fieles y sus hermanos sacerdotes. Eso mismo trascendió para que Roma se fijara en él y lo impulsara a iniciar una actividad pastoral en medio de un contexto muy diferente al ambiente parroquial; sin embargo, continuó siendo el servidor sencillo y amable de siempre, y así como crecían sus credenciales eclesiásticas, también crecía el número de sus amigos en todos los estratos del pueblo salvadoreño.

 

No es un secreto que cuando vino la necesidad de nombrar al nuevo arzobispo de San Salvador, por todos lados se hablaba de Mons. Arturo Rivera Damas, para entonces obispo auxiliar de San Salvador y muy querido por el clero y los fieles de la diócesis; pero él no era el favorito fuera de la curia o el pueblo, y al momento de enviar la terna a Roma, Mons. Romero contaba con la confianza y el apoyo del gobierno, de los militares, de los ricos, y del nuncio apostólico. Su sencillez y estilo de predicación les hacía pensar a todos ellos, que sería un obispo que no alimentaría nada que tuviera que ver con la teología de la liberación muy en moda en aquellos momentos de crisis en El Salvador.

 

Para muchos fue una sorpresa recibir la noticia que el nuevo Arzobispo de San Salvador era el obispo de Santiago de María, Mons. Romero.

 

Todas las ceremonias de rigor se realizaron de acuerdo con el plan, sin embargo, Mons. Romero siguió viviendo en Santiago de María hasta la madrugada del 28 de Febrero de 1977. Ese día, el padre Rodrigo Orlando Cabrera y yo lo acompañamos en el viaje que representaba su traslado definitivo a San Salvador. Alrededor de las cinco de la mañana entramos a San Salvador y cuando íbamos pasando por el Parque Libertad nos dimos cuenta que estaban cerrando el acceso a las cuadras que rodean el parque. Nosotros fuimos los últimos en entrar y por primera vez Mons. Romero tuvo la oportunidad de ver personalmente lo que sus amigos en el gobierno, los militares y los ricos le habían negado siempre -confirmando que todo el tiempo le habían mentido. Pudimos ver a miembros del ejército levantando cuerpos de la calle, poniéndolos en volquetas y detrás de ellos iban máquinas del cuerpo de bomberos lavando las calles. Eso no lo vio ni se le informó al pueblo, pero Mons. Romero había tenido la experiencia de un momento transformador, y ese mismo día su estilo de predicación cambió radicalmente.

 

El amor que tradicionalmente había tenido para su pueblo tomó un nuevo rostro, ya no era solo el predicador elocuente, se convirtió en el pastor al que la mayoría de la nación entera le reconocía su voz y se identificaban con su mensaje pues era el mismo mensaje de Cristo. La gente lo buscaba para contarle sus historias de dolor y clamor por justicia, y, aquella cualidad de escucha desarrollada a través de los años ahora se volvía un instrumento de características espirituales que le permitía hacer sentir a sus visitantes que él en verdad era pastor de sus ovejas.

 

Hubo varios instrumentos usados para asesinar a Mons. Romero, pero fueron los poderosos ricos los que instigaron, planificaron y financiaron ese crimen de odio, odio a una fe encarnada y predicada de la misma manera. La gente del mundo entero hoy celebra la vida de un hombre que supo vivir santamente, y él, Mons. Romero, desde el 24 de Marzo de 1980 celebra la victoria de la resurrección y está al lado de Jesucristo. De ahora en adelante le llamaremos San Oscar Arnulfo Romero.

 

* Salvadoreño, actualmente en la Iglesia Presbiteriana de North Park. Compartió con Monseñor Romero en el seminario, quien lo ordenó sacerdote y de quien fue secretario privado, Canciller de la Diócesis y párroco de la Catedral en Santiago María.