COLUMNISTA INVITADA| Nicaragua: ¡qué terrible deja vu!

Alejandra Cabezas

ALEJANDRA CABEZAS*

Lo que pasa en Nicaragua no es un alzamiento contra una ideología política o económica, no es de izquierda o derecha, no es un partido político, ni es la CIA. El repudio hacia el régimen crece con cada asesinato, y cruza generaciones, clases sociales, ideologías políticas, económicas y religiosas.

 

Nicaragua enfrenta una crisis política y brutales niveles de violencia estatal desde hace tres meses. Estos últimos días han sido brutales con los paramilitares del gobierno atacando múltiples lugares en el fin de semana el mismo día en que la Organización de Estados Americanos sostuvo una reunión especial para tratar la situación en Nicaragua. Canadá, como muchos de los otros países miembros, llamó al gobierno de Nicaragua a detener la violencia y encontrar una salida democrática.

Las protestas pacíficas contra el régimen autoritario de Ortega-Murillo iniciaron en abril por unas reformas a la ley de seguridad social. La respuesta del régimen fue violenta y desproporcionada, censuró a los medios de comunicación y prohibió incluso brindar atención médica en los hospitales públicos a las víctimas de la represión policial, provocando varios muertos y heridos. Desde entonces la proliferación de las manifestaciones de nicaragüenses auto convocados no ha cesado.

Las protestas son pacíficas y multitudinarias por todo el país. Cada nueva agresión a la población civil desarmada, perpetrada de forma terrorífica por la policía y los grupos de choque, provoca que los distintos sectores de la sociedad se unan y resistan con más firmeza, aproximando la situación a una insurrección nacional.

El malestar es resultado de una larga acumulación tras once años de gobierno de Ortega en los que el país ha vivido bajo altos niveles de corrupción económica, fraude electoral, ha sufrido la erosión y violación de las derechos elementales de la constitución nicaragüense, como el derecho a manifestarse y libertad de expresión, al igual que la intensificación de las violaciones de derechos humanos.  Ortega llegó al poder el 2006 después de pactar con Arnoldo Alemán  del partido Liberal.

Según el último reporte de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) de la OEA, Los métodos de intimidación estatal han resultado en más de 360 muertos,  más de 2.000 mil  heridos, 261 desaparecidos  y más de 500 detenidos sin cargos.

Desde abril, en Nicaragua la realidad es que hay noches en la que la gente se auto convoca a la calle para ir hasta una iglesia a liberar a estudiantes, clérigos y periodistas  que están siendo acribillados adentro; cada mañana amanecen mercados quemados y saqueados, más desaparecidos, más civiles desarmados asesinados públicamente por francotiradores del régimen, familias enteras quemadas, curas católicos atacados físicamente y personajes públicos de oposición son golpeados. Nicaragua pasó de ser el país más seguro en Centroamérica, a ser el país donde la policía y sus secuaces matan, golpean e intimidan impune e injustamente a plena luz del día a ciudadanos desarmados.

Hace 40 años, Daniel Ortega era uno de los líderes al frente del derrocamiento del dictador Anastasio Somoza. A esa dictadura se le combatió con armas y guerrillas. El Frente Sandinista quería entonces hacer una revolución con cambios profundos al sistema económico y político, una redistribución de la riqueza. Sin embargo, el gobierno actual de Ortega-Murillo no tiene nada que ver con eso; la pareja presidencial ha asesinado esa revolución utópica, se hicieron ricos y corruptos. Su gobierno es un nuevo régimen autoritario, una tiranía con todas sus letras.

Lo que pasa en Nicaragua no es un alzamiento contra una ideología política o económica, no es de izquierda o derecha, no es un partido político, ni es la CIA. El repudio hacia el régimen crece con cada asesinato, y cruza generaciones, clases sociales, ideologías políticas, económicas y religiosas. En simples palabras, quien está detrás de todo esto es: el pueblo de Nicaragua, un pueblo demandando que el régimen detenga la masacre y deje el poder inmediatamente, para que se forme una junta de gobierno que convoque elecciones libres. Es un pueblo que quiere una Nicaragua donde exista separación de Estado, partido y familia.

Este movimiento es pacífico y exige una “Patria Libre y Vivir”. En Nicaragua no hay dos lados armados, las armas de fuego las controla y utiliza solamente el régimen y sus secuaces.

En Canadá, la comunidad nicaragüense y personas solidarias a la causa estamos tratando de informar y crear mayor empatía en este país que tan bien nos ha acogido, creando presión internacional a través del gobierno canadiense y recaudando fondos para mandar a las familias de las víctimas de la violencia estatal.

 

* Nicaragüense-canadiense, activista,  periodista, trabaja con jóvenes en alto riesgo en Toronto.