OPINION / Trump… sería mejor si no hablara

 

OAKLAND ROSS*

Oakland Ross

Nadie más que Donald Trump le podía dar a Nicolás Maduro el punto alto moral, y así ha sido.

El impopular presidente venezolano ahora puede presentarse como el noble protector de la soberanía de su país y defensor de los derechos fundamentales de sus compatriotas gracias a su homólogo en la Casa Blanca que hace unos días amenazó con intervenir militarmente para derrocar el gobierno de la muy caótica nación sudamericana.

Sí, hay una “opción militar” en el caso venezolano, dijo Trump, quien con estas dos palabras reavivó un sinfín de memorias oscuras en una región una vez conocida como el patio trasero de Washington (“Washington’s backyard”).

El siempre oportunista Maduro organizó de inmediato un gran acto civil-militar en protesta contra la amenaza presentada por Trump. El acto está programado para el 26 y 27 de este mes.

Cabe mencionar que, gracias a Trump, Maduro ahora puede jugar las mismas cartas que Fidel Castro solía usar muy eficazmente por décadas en Cuba — las de “la emergencia permanente” y del “peligro imperialista” — por medio de las cuales el barbudo mantenía a su pueblo en un estado constante de desequilibrio, mientras que él podía echar la culpa a Washington por cualquier defecto del sistema político-económico en Cuba, factores que ayudaban mucho en mantener Fidel en el poder por tanto tiempo.

Además de lo anterior, las palabras tan desafortunadas de Trump incrementan los problemas por la oposición venezolana que ahora tiene que moderar su lenguaje y limitar sus actos de protesta para no correr el riesgo de aparecer como aliados de Trump, el nuevo imperialista yanqui.

Bajo de la cobertura de la llamada “doctrina Monroe” de 1823 — la que declaró las Américas fuera de los límites de poderes europeos — los EEUU han intervenido militarmente en la región en múltiples ocasiones. Empezaron con México en la década de 1840. (Gracias a aquel conflicto, casi la mitad de lo que era territorio mexicano ahora habla inglés y paga sus impuestos al gobierno en Washington.)

En 1904, el gobierno estadunidense proclamó el llamado “Corolario Roosevelt” que “permitió” a los estadounidenses intervenir en otros países también para “proteger” sus ciudadanos o sus propiedades.

En una u otra ocasión, tropas americanos han ocupado Cuba, Haití, y la República Dominicana, siempre dejando en condiciones no mejores o aún  en peor situación los países ocupados que las que previamente existían.

En 1954, EEUU organizó muy clandestinamente el derrocamiento del gobierno progresivo de Jacobo Arbenz en Guatemala. Pocos años después, Washington intentó actuar de forma muy semejante para tumbar el joven gobierno de Castro — la infame invasión de la Playa Girón, una derrota completa para los anti-fidelistas. En 1973, el gobierno de Salvador Allende cayó en Chile, gracias en parte a la CIA.

Más recientemente, Washington ha financiado los “contras” en su lucha contra los Sandinistas que controlaban — y de nuevo controlan — el poder en Nicaragua. También, los norteamericanos llegaron a ganar una muy breve guerra en la microscópica isla de Granada, antes de hacer una visita a Panamá para sacar del poder al ahora recién fallecido Manuel Noriega.

En los últimos años, parece que Washington ha perdido algo de su tradicional interés en América Latina, preocupado quizás por otras regiones del mundo. Dada la muy difícil situación en Venezuela, parece que se ha renovado este interés. De hecho, el vice-presidente americano Mike Pence está de viaje por varios países latinoamericanos. Como es usual sus palabras han sido más equilibradas en comparación con las de Trump. Pero hay solamente un presidente estadounidense, y en este caso, como en muchas otras, hubiera sido mejor si él no hubiera dicho nada.

 

*Galardonado periodista y escritor canadiense, analista especializado en temas de geo-política latinoamericana. Vive en Toronto. Especial para Correo Canadiense.