COLUMNISTA INVITADO – Conflicto en Venezuela: Difícil ser optimista

OAKLAND ROSS*

 

¿Qué se necesitaría para lograr la paz en Venezuela?

La mejor respuesta es probablemente otra pregunta. ¿Qué se necesita para sellar la paz en cualquier conflicto?

Bueno, dicen que algunas guerras se terminan solamente cuando un lado o el otro se queda sin el aguante necesaria para seguir luchando. Ese punto parece estar bastante distante en Venezuela.

También dicen que algunas disputas se terminan como consecuencia de algún gran cambio geopolítico — un “paradigm shift” — que hace ciertos conflictos locales innecesarios o no ganables.

Considere la caída de la Cortina de Hierro in Europa Oriental en 1990 más o menos, un evento masivo que paró la Guerra Fría entre Moscu y Washington, como sabemos todos. Pero este evento también puso fin a una larga lista de conflictos más pequeños que previamente parecieron intratables, incluyendo las guerras civiles en El Salvador, Guatemala, y Nicaragua, además las pugnas armadas en Angola, Mozambique, Namibia, y Sudáfrica. Uno por uno, todas se terminaron cuando la Unión Soviética se derrumbó.

En moda semejante, los ataques terroristas en Nueva York y Washington en 2001 están ampliamente acreditados por haber puesto fin a las largas décadas de violencia sectaria en Irlanda del Norte, un conflicto supuestamente insoluble y conocido como “the Troubles” (los Problemas). The Troubles pronto se terminaron en el mundo post-9/11, cuando ricos estadunidenses de origen irlandés — quienes por mucho tiempo clandestinamente financiaron el Ejército Republicano Irlandés — perdieron su tolerancia por la sangre y cerraron sus billeteras.

¿Entonces, que se necesitaría para llevar la paz a Venezuela?

Claro, el conflicto en ese país — rico en petróleo pero ahora en pleno derrumbe económico — no es técnicamente una guerra. Pero sí es cruel, es violento, y no parece estar disminuyendo.

Al contrario.

En semanas recientes, feroces manifestaciones anti-gubernamentales en Caracas y otras ciudades han atraído titulares globales. Como en previas protestas callejeras, hay sangre y destrucción, y ambos lados se culpan uno al otro. Un masivo día de protesta estaba programado para ayer 19 de abril, y ningún lado — ni el gobierno de Nicolás Maduro ni la oposición — parecían tener el más mínimo interés en echarse atrás.

Aún después de años de batallas callejeras y odio, ambos lados parecen tener bastante aguante para más conflicto, y es difícil imaginar un cambio de mar — un cambio de paradigma internacional — que pudiera hacer factible la paz.

En algunos sentidos, la lucha entre Maduro y su a veces fracturada oposición me pone en mente del conflicto duro entre los israélis y los palestinos. Algunos dicen que en esta disputa aparentamente interminable un acuerdo de paz es imposible por una insuperable razón. Sencillamente dicho, el máximo en concesiones que cada lado está dispuesto a dar es mucho menos que el mínimo que el otro lado está dispuesto a aceptar. Siempre que esta condición existe, es difícil estar optimista acerca de la paz.

Una condición semejante parece estar en vigor en Venezuela, donde no hay terreno común entre el gobierno y la oposición. El presidente Maduro pareció haber hecho hincapié en este dilema hace unos días cuando, a través de una corte, le prohibió a Henrique Capriles, el principal líder de la oposición, participar en campañas para puestos públicos por 15 años. ¡Qué concesión!

Por su lado, la oposición parece estar unida más que todo por su deseo compartido de eliminar a Maduro del poder, sin mucho acuerdo acerca de cómo hacerlo o acerca de lo que pasaría después.

Estuve en Venezuela hace tres años, cuando las protestas violentas y la represión gubernamental hicieron temblar las calles de Caracas y de otras ciudades. Desde ese entonces, las cosas solo han empeorado.

Sería genial pensar que, en tres años más, los terribles problemas de Venezuela se podrían disminuir de una manera u otra, por elecciones quizás.

Pero es difícil ser optimista.

 

*Galardonado periodista y escritor canadiense –especialista en temas de Latinoamérica, radicado en Toronto.